Con el morir, la vida

Los hechos se precipitaron para los muchachos en un día cualquiera. Algunos de ellos jugaron con un carrito fúnebre en los predios del cementerio Espada de La Habana, a la espera de un profesor; otro Alonso Francisco, el más joven, de apenas 16 años, arrancó una flor; algunos ni siquiera estaban en la capital el fatídico día. Profanar la tumba del periodista español Gonzalo Castañón, resultaba la culpa señalada para condenar a la pena de muerte a ocho muchachos nobles, alegres, cubanos.

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